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lunes, 18 de febrero de 2013

Poe y yo II

Hoy salió mi segunda entrega con el Grupo La República. A la venta en todos los quioscos.
 

"Segundos después, asomó un anciano y diminuto caballero de venerable apariencia. Vestía de negro, con una camisa que relucía por su limpieza, cuyo cuello se plegaba esmeradamente sobre una corbata blanca. Sus manos las apoyaba pensativamente en el estómago; sus ojos los tenía en blanco..."

martes, 29 de enero de 2013

...las obras que escribimos Poe y yo.


El día de ayer salió la primera entrega de las adaptaciones literarias que estoy realizando para el diario La República. Son doce historias de Edgar Allan Poe, reescritas para jóvenes. Salen todos los lunes. Aquí el primer tomo.


Cae la noche, es tiempo de Edgar Allan Poe: William Legrand, el protagonista de esta historia, se valdrá de su gran ingenio para desentrañar el secreto que oculta un extraño escarabajo de oro en una isla recóndita.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Carta III (Tabitha, la Mísstica)

   


Sí, Coronado, ya hemos dicho que tu ciudad es la de los bocinazos, que tu Palacio de Gobierno lleva a todas horas una corona de gallinazos (¿qué es lo que se anda pudriendo desde tiempos inmemoriales en esa oficina de Gerencia Presidencial?), que tus mañanas guardan todas la histeria de los lunes, que el transporte público… que la seguridad ciudadana…
"La esperanza está en los jóvenes", se replica en parques, bodegas y esquinas. ¿Y dónde están los jóvenes? Estudiando. ¿En dónde? En institutos y escuelas superiores, universidades públicas, privadas, técnicas, tecnológicas, católicas, masculinas, femeninas, open mind...; en universidades andinas, del sur (y del norte y del centro y del oeste, esto debe ser una corporación educativa), en universidades científicas (¡acaso aún no se dan cuenta de tan salvaje pleonasmo!); en universidades para prostáticos, gordos, altos, estreñidos, bipolares, tontos, etc., etc., y etcéteras de etcéteras. Todas ellas sirven de hábitat natural para una especie rarísima, única en su género: el intelectual moderno.
De todos ellos, confieso que conozco de cerca a uno. O mejor dicho, a una. Responde al nombre de Tabitha. El avisado lector podrá cuestionarme de tomar un punto de vista general, poco objetivo sobre el tema, pero por el momento no cuento con otro mejor para poder explicar tan curiosa situación en la que se encuentra el ámbito académico profesional de hoy en día.
Decía que conozco a esta mujer. Tabitha es una intelectual por donde se la mire: catedrática en dos universidades, escritora doméstico-nocturna, periodista de opinión los domingos, conferencista una vez al mes y jurado internacional de grado cada año.
Cada mañana, Tabitha despierta y sacude sus alas. Una vez en el espejo, se rasca la barbilla, se preocupa por acomodar sus anteojos de montura cuadrada, su chalina de colores sobrios y demás indumentaria oficial del científico urbano; coge su maletita institucional, y sale a la calle.
Aborda su auto del año (tiene un auto, sí, se lo concedió el Ministerio de Educación en mérito a su trayectoria en el campo de la investigación), y se dirige a la universidad. Sin embargo, una cuadra antes de llegar al recinto, estaciona su vehículo para convertirse en una ciudadana de a pie, pues frente al volante –piensa- los alumnos de los alrededores no podrían apreciar de cerca su competencia reflexiva y su mirada perspicaz, perdidamente intelectual.
Una vez en el patio de la Facultad, enciende un cigarrillo europeo y camina sin prisa. Rápidamente se aproximan sus discípulos, muchachitos que reconocen en la profesora a la luminaria del siglo XXI y a la guía espiritual de sus vidas. Con ellos, y otros intelectuales del momento, Tabitha organiza esporádicamente charlas privadas en donde se somete a juicio reflexiones sobre literatura, arte, política y otras disciplinas. Entre sus filósofos favoritos se encuentra Platón, definitivamente; en cada sesión, de alguna u otra manera, siempre se evoca, al tiempo que se celebra, aquel pensamiento de la antigüedad (también saben de Aristóteles, pero es simplemente por si alguien les quiere dar la contraria). Su predilección está rigurosamente fundada en relación a los conocimientos previos que maneja cada uno de los participantes: una docente siempre interviene en la reunión no sin mencionar a Platón, su mascota de infancia, mientras que otro profesor recuerda con candidez aquel episodio de su vida escolar en la que dio el nombre del filósofo griego cuando su maestro le preguntara por el último planeta del sistema solar. Entre anécdotas, risas, deslices, galletitas, refrescos y cordiales muestras de asombro ante lo que se sospecha, en algún diálogo, como una idea brillante, Tabitha y su comunidad científica van forjando saberes novísimos.
No se crea que sus méritos no están registrados. Para aquellos que dudan de la lucidez de Tabitha, pueden revisar su bibliografía más reciente: su estudio más importante tiene 70 páginas y lo presentó para graduarse de su segunda maestría. Se titula Problemas sicomotrices en la colocación del punto de la letra i en niñas de su casa. Actualmente, está abocada a su último ensayo que espera publicar pronto, del cual el título ya lo tiene listo y, sin falsa modestia, personalmente le encanta: La enseñanza del bien y del mal a partir del uso del lápiz bicolor en niños de 4 años de cabello oscuro y nariz respingada.
Su amor por el arte también la distingue. Es más, la comunidad científica admira la forma particular en la que conjuga, en su intelectualidad, la flemática neutralidad del investigador, y la emoción y sensibilidad propia de la praxis estética.
Ante todo, es poeta, porque escribe y vive poéticamente. Más allá de que se lo reafirmen críticos y colegas amigos, en cada verso libre que concluye ella encuentra la señal irrefutable de que, efectivamente, cabe en el Parnaso de la Fama (como buena aficionada a los reality shows, Tabitha fantasea con estar dentro de «La gran casa» codo a codo con Goethe, arranchándole las cucharadas de opio a los poetas malditos por una cuestión de salubridad los fines de semana, o intercambiando lápiz labial y mascarillas con Wilde o García Lorca). Procura escribir con cierta constancia, por lo general después de sus compromisos académicos, ya en la cama y empijamada. A media luz, enciende su Tablet 3.0 y comienza a teclear hasta descorazonarse, hasta sentir cosquilleos en la barriga, hasta ser poseída por un temblor divino, hasta visualizar un terremoto en China o la próxima caída de la bolsa de Nueva York. Todas estas experiencias físicas y esotéricas que siempre han encandilado a sus auditorios interesados en la literatura A1, al fin serán reunidas en el próximo manual que nuestra teoricista repartirá a los asistentes a Poesía poéticamente poética: 10 tips prácticos para hacer poesía exitosa y de exportación, su próximo taller sobre escritura creativa.
Por todo lo expuesto, excelentísimo Coronado, no hace falta decir que Tabitha y su entorno están construyendo la historia del pensamiento contemporáneo. Sus propuestas teóricas e investigaciones hermenéuticas están tejiendo el porvenir mundial, la salvación a las crisis modernas desde el trabajo con el intelecto. Es indudable. Sin embargo, es más indudable aún el hecho de que si Platón viviera, hubiese sido el primer expulsado de su República; sus sentencias e ideales, cuan manzanas, habrían caído siempre del Árbol de la Sabiduría Malsana para la Academia. Quizás hubiera sido un pordiosero desencantado, un malcriado que a nadie le importa; o con la más justa de las dignidades humanas, por las tardes, y por hambre, de seguro hubiera tirado un plástico azul sobre algún puente viejo de tu ciudad para vender hisopos, cajitas de fósforos y agujas. Y de no haber clientes, haría cosas que de verdad valgan la pena, tales como leer chistes, el horóscopo, o resolver el sudoku.
Tengo muy claro que el único beneficiado con Tabitha y los intelectuales de hoy sería Aristóteles, pues ya no le importaría que desde hace siglos nadie encuentre la parte de su Poética que versaba sobre la comedia. Ahora, sin problema alguno, con tanta cientificidad non plus ultra, podría armar hasta dos volúmenes sobre el asunto: la comedia letrada de hoy y la venidera, hasta que alguien, aunque sea por caridad, le ofrezca un trabajo honorable y mejor remunerado a su loco y ambulante amigo, Platón.

 

 

 

martes, 21 de febrero de 2012

Carta II


El año es otro, pero tu ciudad la misma de abominable, Coronado.

Hoy recorría “La Ciudad de los Reyes” y, sin ánimo de mofa, pensaba en que hace mucho perdió tan ilustre motete, para convertirse, por todos lados, en “La Ciudad de los Nenes”.

Tú los has visto, en las esquinas, recostados en los fierros pelados de las señales de tránsito, sentados al filo de la vereda oscura o al borde de una acequia. Con cinco, diez o doce años de edad, se detienen, frágiles y limpios de corazón, frente a los automóviles de todas las avenidas de tu próspera y modernísima ciudad, y las maniobras que ejecutan en tanto la luz llega a verde en el semáforo, son una digna metáfora de su existencia.

Desde la acera, una mujer siempre lastimera los observa, sosteniendo una bolsa de dulces, si no es que al menorcito de la prole. Mientras sus hijos se apuran en contorsionar peligrosamente sus cuerpos o realizar malabares con pelotas o frutas, ellas solo aguardan, con ojos de bolero, en la soledad de la calle, pensando quizá en los golpes del marido borracho o en aquel que la amó en su juventud y se fue.

Esta noche, por ejemplo, conocí a tres de ellos. A mi lado, mientras esperaba en el paradero, estaban quietos, miserables, pendientes de que se detenga el tráfico. De pronto, al ponerse el rojo en lo alto de la esquina, de un salto invadieron el crucero peatonal y dieron inicio a las piruetas. Una vez terminado ese quehacer, pasearon por el laberinto de autos con la palma de la mano hacia el cielo (eternamente vacío, inalterable). Fueron ignorados.

Sin embargo, de uno de los autos, bajaron la luna polarizada y alguien les alcanzó algo que no era dinero. Extrañados, volvieron a la vereda.

Una vez sentados en el cemento de todos los días, descubrieron no sin asombro que lo que tenían entre manos era un juego de burbujas. Era un pomo plástico, delgado, que, al abrirlo, de la tapa podía verse colgar una circunferencia de colores.

Luego de varios intentos, lograron descubrir su mecanismo de funcionamiento: soplar muy levemente por la circunferencia hasta ver crecer la burbuja y, una vez madura, la burbuja se desprendía y flotaba, dueña de sí, por el mundo.

Entonces, se dispusieron a jugar, dejando todo a un lado: mientras uno de los niños inflaba las burbujas, los otros las perseguían rápidamente. Sin importarles mucho los transeúntes o los ambulantes, iban tras ellas entre risas y brincos, tratando de cogerlas y reventarlas. Eran simplemente otros, era otra noche, era otra vida: hoy habían aprendido, sin saberlo, a encapsular la felicidad en unas cuantas burbujas de jabón.

¿Cuántos de nosotros gozamos de esos instantes sencillos? ¿Cuáles son las burbujas de jabón de nuestros días? ¿El tabaco? ¿Las drogas? ¿El alcohol? Ahora me dicen que el cigarro produce disfunción eréctil y diecisiete tipos de cáncer. De la bebida, ni hablar.

Habrá que mirar, en adelante, a estos niños con más atención, pues algo saben.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Carta I (o de los primeros trazos)

¿Acaso este es un reino de tuertos, Quintín Coronado?


En una esquina, dos jovencitas con la fisonomía de un buen par de robles celebraban entre risas la conquista de un nuevo novio imaginario y la tan mentada reducción de tallas para su closet del verano. Más allá, un hombre bien trajeado caminaba deprisa, como si, al tiempo, resolviera algoritmos en su mente. Los autos eran todos blancos, y salían disparados de garajes que a lo lejos parecían cubiertos de almohadillas, dejando tras de sí la estela negra de los ganadores. En un parque de ensueño, un señor de marrón hacía alarde de su puñado de seso a una viuda ruborizada. A unos pasos, unos niños jugaban con alacranes de papel, y de reojo deseaban que se agusane lo más pronto posible la cabeza o la lengua del hombre. Dándole de gritos al auricular, una mujer fea insultaba a su marido; luego colgó y salió de la cabina telefónica con el fastidio de quien lleva entre las piernas un pañal sucio. En las mototaxis -esos roedores sicodélicos de la modernidad, donde la música, para que sea música, tiene que sonar fuerte, grave y mal- los muchachitos de hoy se aturden veloces y valientes sobre la autopista, y son más que nunca hijos del coraje popular, de la negación contundente del mundo, de toda esa rabia que arroja piedras y pinta muros, fermentada, los fines de semana, en clara sintonía -hay que admitirlo- con esa retórica perfecta y humana del aquí-estoy-yo.

Afuera de la bodega en la que atiende una vieja malhumorada, un joven apuesto miraba. Más allá de las flores, bajo el arco iris, cerca a una catarata, lo esperaba su novia… que es flor, arco iris, la catarata; pero los niños de los alacranes irrumpieron en la calle con lisuras a diestra y siniestra, por lo que el joven se vio forzado a olvidar los versillos celestes que compusiera de pie y se dirigió hacia ella a paso raudo pensando, al mirarla de verdad, en lo que podría costarle el hotel más cercano (claro, cuando se sentó en su escritorio a media noche, seguro poetizó la historia no del hospedaje, sino la del centro amatorio de turno. ¡Es lírica, sucios mundanos! ¡Por el amor de los dioses!)

Muy desatentamente

Quintín Mugrosso, quien ya sospecha demasiado de este mundo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Y alguna otra vez, Quintín Mugrosso escribió otro cuento para niños

Juanita, la mensajera real

Adriana había preparado las maletas para el viaje de julio con una semana de anterioridad. El destino era Arequipa, la tierra natal de la familia de su madre. La joven estaba emocionada con la idea de reencontrarse con su mamá luego de dos meses de estar alejadas. Además, su padre le había dicho que en Arequipa iba a presentarle a tías y primos de los que Adriana sólo conocía por rumores. Así que ella se sentía contentísima con la visita a Ciudad Blanca.
Mientras Adriana colgaba el uniforme de colegio en el ropero dando fin a los días escolares de medio año, pensaba en la manera en que se despidió de su madre. Ambas lloraron mucho en la estación de autobuses, se abrazaron, se desearon lo mejor.
- Le haces caso en todo a tu papá – decía la madre.
- Sí, mamá. ¿Cuándo nos volveremos a ver? – dijo Adriana.
- Pronto. Para julio podrás ir a visitarme a Arequipa. Ya sabes que la abuela está muy enferma y no sé cuando se recuperará.
- Le mandas un beso a la abuela.
- Lo haré. Se alegrará mucho.
Luego se despidió de su esposo y se fue.
Desde entonces Adriana esperó julio con ansias. En el colegio preguntaba a los profesores por si conocían Arequipa. A sus compañeras les enseñaba fotografías del convento de Santa Catalina y del volcán el Misti.
El día del viaje Adriana y su padre llegaron temprano a la estación. Abordaron el autobús a las doce de la mañana; pisarían suelo arequipeño a las seis de la tarde del día próximo.
Adriana se ubicó en el asiento de la ventana; su padre, al costado.
El autobús se puso en marcha.
La muchacha quería información sobre su destino antes de llegar a el. Fue por eso que le preguntó a su padre:
- ¿Y qué se come en Arequipa, papá?
- La comida es deliciosa, como para chuparse los dedos. Quedarás encantada con el caldo blanco, el rocoto relleno, la salsa de patita, la malaya, por sólo mencionar algunos platillos.
- ¡Uy! Suena bien. ¿Y hace frío o calor?
- Las dos cosas, te diré. Si te pones al sol sentirás un calor abrasador, si vas a la sombra sentirás mucho frío.
- ¡Ah!, no habrá problema entonces, porque en mi maleta llevo chompas y polos. ¿Hacen fiestas en Arequipa así como en Lima?
- Claro. El aniversario de Arequipa es el quince de Agosto. Ese día no hay clases ni comercio. Embanderan toda la ciudad y por la noche celebran en la Plaza de Armas, con música, danza y juegos artificiales.
- Lástima que vayamos ahora. Me hubiese gustado mucho ir a la fiesta. ¿Y no nos podemos quedar hasta esa fecha?
- No, recuerda que la primera semana de agosto tienes que regresar al colegio.
- Bueno.
El autobús corría por la carretera a gran velocidad. Cuando llegó la noche, Adriana miró por la ventana: la silueta de los cerros se dibujaba bajo la luz de la luna. Sintió sueño y se acomodó para dormir. Su padre vio que poco a poco se le iban cerrando los ojos, entonces la cubrió con una frazada.
Al amanecer Adriana pensó que ya habían llegado. Sin embargo, su padre le dijo que todavía faltaban una cuantas horas. La joven volvió a recordar a su madre, sobretodo cuando un domingo a la hora del almuerzo ella le hablaba sobre Arequipa.
- La casa de la tía Carmen es inmensa. Por las mañanas el pan llega caliente a la mesa, y ni qué decir de la leche salidita de la vaca. Al fondo hay un huerto donde juegan Manolo y Esteban, tus primos. Ahora deben de estar de tu tamaño. Son bien educaditos y cariñosos. Les he hablado de ti, Adriana, y en sus cartas me dicen que anhelan mucho conocerte en persona.
- ¿Qué lugares bonitos hay para visitar allá? – preguntó de pronto la joven.
- Ah, bueno, está por ejemplo la Plaza de Armas. A ti que te gustan los animales, podrías sentarte en una banca y darles maíz a las palomas. Ellas te envolverán alegremente. Las Iglesias en su interior son bellas; si algún día vas, te llevaré a algunas en donde se le reza a la Virgen de Chapi, patrona de la ciudad. También está el mirador de Llanahuara, desde donde tú podrás ver lo grande que es Arequipa.
- Qué más... qué más...
- Ahora no recuerdo más. Hace mucho que no voy a visitar a tu abuela. ¿Cómo estará la pobre?
La madre siguió comiendo. El padre y Adriana volvieron a sus platos. Luego de un largo silencio la madre dijo:
- También podrías conocer a Juanita
- ¿Quién es ella? – preguntó la muchacha.
- Cuando estemos en Arequipa te digo – dijo la mujer y comenzó a reír.
- No seas así mamá. Anda, dime ¿Quién es? – insistía Adriana.
- No hablaré más – dijo su madre, quien no podía detener la risa al ver el rostro desesperado de su hija.
- ¡Cómo me haces esto! Sabes que soy muy curiosa.
- No te voy a contar todo sobre Arequipa. También tú tienes que descubrir la ciudad con tus propios ojos.
Adriana recordaba esa conversación con su madre cuando en eso escuchó que un pasajero de los asientos de atrás le preguntaba a otro:
- ¿Cuanto falta para Arequipa?
- Nada. Ya llegamos – contestó el otro pasajero.
Adriana miró a su padre y este le confirmó la noticia con un movimiento leve de cabeza. Le dijo que apreciara el paisaje. Era verdaderamente hermoso.
Adriana preguntó desesperada:
- El Misti, papá. ¿Dónde está?
- Ahí lo tienes – dijo el padre señalándole una montaña imponente.
- ¡Qué alto! Está tan cerca del cielo. En este cielo hay muchas nubes.
- El cielo es puro aquí, hija. No es como Lima.
A la joven le agradaba tanto el paisaje, que no pudo resistir las ganas de fotografiarlo. Le tomó fotos al Misti y a una nube que según Adriana tenía la forma de un ave con las alas extendidas.
Adriana estaba a punto de fotografiar a unas vicuñas cuando de pronto vino a su mente Juanita.
- Oye papá, ¿Quién es Juanita? ¿Acaso una tía? ¿Una prima?
El padre sonrío y dijo:
- Todavía recuerdas esa conversación con mamá. ¡Vaya memoria!
- Ya pues, tú sí me lo dirás ¿cierto?... ¿Quién es?
- Con tu madre hemos planeado no decirte nada hasta que la veas.
- ¿Tú también me lo ocultarás? Por favor, dime algo de ella.
- Sólo puedo decirte que te lleva tres años.
- ¿O sea que podré jugar con ella en la casa? Qué raro, porque mamá sólo me habló de los primos Manolo y Estaban.
- No. Juanita no vive en la casa de tu tía ni es una prima tuya. ¡Bah! Eso era una sorpresa, pero dada tu perseverancia en saber de ella, te lo diré.
Adriana se acomodó en su asiento y guardó la cámara fotográfica. Su padre dijo:
- Juanita es una momia que fue encontrada en un nevado... digamos... – el padr
e observó por la ventana y apuntó con el dedo – ...como ese que observas ahí.
- ¿Una momia? – dijo Adriana mirando hacia el nevado.
- Sí. Fue hallada en el Nevado de Ampato en 1996 por el arqueólogo norteamericano Johan Reinhard. Murió a los catorce años de un golpe de macana en la cabeza.
- ¡Pobrecita! Y quién hizo eso.
- Te explicaré. En realidad de lo que se trató fue de un sacrificio.
- ¿Un sacrificio? ¿Cómo es eso?
- Entre 1440 y 1450, periodo que los estudiosos han propuesto como los posibles años en el que murió Juanita, El Misti entró en erupción. En ese tiempo el gobernante del Imperio Incaico era Inca Yupanqui, quien ruega a la montaña para aplacar su ira. Recuerda que los fenómenos naturales eran reverenciados por nuestros antepasados; Illapa era el dios del clima, por ejemplo, o el Inti, el dios sol.
- Sí, claro. En el colegio he oído algo de eso. ¡Sigue, papá!
- Lo que se piensa es que Juanita fue sacrificada para que cumpliera la función de mensajera y calme la cólera de las divinidades.
- ¿Y de qué forma dieron con ella?
- Por los años noventa el volcán Sabancaya erupcionó y el nevado Ampato, por encontrarse en la misma cadena andina, inició su deshielo. En 1993 se dan las condiciones propicias para la expedición y Johan Reinhard y su equipo comienzan su trabajo. Ascendieron aproximadamente a 6300 metros sobre el nivel del mar. A esa altura encontraron una plataforma que funcionaba como santuario inca; muy cerca de ese lugar descubrieron a Juanita, quien lucía un tocado de plumas de guacamayo. Sin duda, no era cualquier persona, era una mensajera real.
- ¡Qué interesante!
- Sí, Adriana, es un tema bastante interesante. Con Juanita se encontraron además textiles de alpaca y vicuña, bolsas conteniendo coca y cerámicas, lo que confirma su importancia dentro de la jerarquía social inca.
- ¿Y la podemos ver?

- Por supuesto. Con tu mamá te llevaremos al museo Santuarios de altura, de Arequipa. Allí se encuentra Juanita, en un congelador especial. También conocerás a Urpicha y a Sarita, niñas también como Juanita. ¡Será una experiencia única!
El autobús se detuvo. Era hora de bajar.
En la estación esperaba la mamá de Adriana, quien al ver a su hija corrió a besarla.
- ¡Adriana, te extrañé tanto!
- Yo también, mamá.
Luego la mujer saludó a su esposo. Una vez fuera de la estación, Adriana le dijo a su madre:
- Papá me habló de Juanita. ¿Cuándo me llevarán a verla?
La mujer se sorprendió ante la pregunta. Miró a su esposo y este encogió los hombros.
- Mañana. Pero primero iremos a la casa de la tía Carmen para que vean lo grande que estás.
- Está bien, mamá.
Los tres tomaron un taxi y se marcharon. Adriana miraba la ciudad de Arequipa y en adelante sólo contó las horas para visitar a Juanita, la mensajera real.

Quintín Mugrosso alguna vez escribió un cuento para niños

Las mascotas de Tony

El día anterior a su cumpleaños, mientras regresaba a casa después de un largo día en la escuela, Tony pensaba en el posible regalo que le darían sus padres. Caminaba por la acera con el mismo aspecto de todos los viernes por la tarde: las dos horas de educación física y el partido a la salida convertían a Tony en un pequeño monstruo, con el polo sucio, el pantalón roto por las rodillas y absolutamente despeinado, incomparable al Tony reluciente que a las siete de la mañana esperaba su movilidad en la puerta de su casa.
En realidad a Tony no le importaba mucho su atuendo cuando andaba por la calle camino a casa, más aún cuando estaba a un día de su cumpleaños y sin haber decidido todavía el regalo ideal.
Tony tenía hambre y quería llegar a su casa para sentarse lo más pronto posible a la mesa y almorzar, pero el cansancio producto del juego, la tonelada de cuadernos y libros que llevaba en la mochila y la pelota que iba pateando le impedían avanzar como él deseaba.
A una cuadra de su casa Tony se detuvo. Dejó la pelota y la mochila en la vereda.
- Si mamá me ve en estas fachas me va a gritar como la semana pesada – se dijo Tony en tanto que metía el polo dentro del pantalón. Luego se ató los pasadores de sus zapatillas. Sintió estar relativamente presentable a los ojos de su madre. Lo que le inquietaba ahora era qué respuesta le daría a sus padres cuando, una vez en la mesa, le preguntaran sobre el regalo de su cumpleaños. Tony podía verse ya quedándose en silencio y recibiendo al día siguiente una caja con algo que no sería de su agrado. Siempre fue lo mismo. La única vez que sus padres habían acertado con los gustos de Tony había sido el año pasado, cuando cumplía diez años; le obsequiaron la pelota y desde entonces Tony no dejó de jugar con ella todo los viernes en la escuela. Antes de ello, las camisas a cuadros, los lápices de colores y la pistola de agua no fueron muy celebradas y luego de un tiempo o se perdieron o pasaron a un rincón de su habitación.
Tony se resignó a quedarse ese año sin la satisfacción de escoger su regalo. Cuando iba a recoger sus cosas del suelo y retomar el paso, se dio con la sorpresa de que su mochila estaba sola. Tony no lo entendía, porque estaba segurísimo de haber dejado junto a ella su pelota. Lo primero que se le ocurrió fue mirar hacia atrás, pues algún ladronzuelo pudo habérsela quitado mientras él estaba de espalda. Tony giró la cabeza y no había nadie. Siguió observando a su alrededor. Ya la daba por perdida, cuando de pronto vio que la pelota iba rodando por la autopista a gran velocidad. Tony recién en ese momento se percató de que la calle en la que se había detenido era un poco inclinada, lo suficiente como para que su pelota se alejara. Tony cogió la mochila como pudo y fue corriendo para alcanzarla. Fue en vano, porque la pelota rodaba tan rápido que bastaron sólo instantes para que se perdiera de vista.
Tony, entristecido, comenzó a caminar. Jalaba su mochila y la culpaba de haberle impedido correr con libertad. Pensó en dar vuelta y dirigirse a su casa. Sin embargo, optó por seguir la dirección por la que rodó la pelota, venciendo el temor de hallarla desinflada sobre la autopista, víctima de algún neumático, Tony emprendió la marcha con la esperanza de encontrarla sana y salva.
Luego de andar por media hora, Tony descubrió que a lo lejos, en un jardín de rosas y margaritas, una niña jugaba con un perro. A Tony le llamó la atención la risa de la niña, por lo que se apuró en llegar hasta ella. Corrió por la acera y cuando estuvo a la altura del jardín, cruzó la autopista, siempre sin tener consideraciones con su mochila, porque seguía siendo arrastrada.
Una vez que Tony llegó a las rejas que cercaban el jardín, pudo comprobar lo que había pensado. La niña tenía un rostro de ángel y el cuerpo menudo; pero al margen de eso, a Tony le alegraba que ella se divirtiera tanto con su mascota. El perro era perseguido por la niña. Luego saltaban y ella lo acariciaba. Tony sonreía; su rostro otra vez sudaba.
La niña no se había percatado de la presencia de Tony. Seguía jugando con el pequeño animal. De pronto Tony se dio cuenta de que la niña le ordenaba algo a su mascota. El perro corrió hacia el árbol que crecía al lado de un columpio y desapareció por un momento detrás del tronco. Tony lo vio reaparecer en el jardín empujando una pelota con el hocico. Descubrió que esa pelota era la suya. El perro dejó la pelota a los pies de la niña y empezó a ladrar. La niña se preparaba para lanzarle la pelota cuando Tony le dijo:
- Hola. ¿Esa pelota es tuya?
La niña lo miró asustada. Una gota negra de sudor bajaba por el rostro de Tony, quien ante el silencio de ella continuó:
- Me llamo Tony. Y apuesto a que esa pelota no es tuya.
- ¿Tú como sabes? – dijo la niña, abrazando la pelota.
- Hace un momento se me escapó. La perseguí pero no la alcancé.
- Cuando papá entró a la casa me dijo que se había encontrado la pelota atorada en las rejas del jardín. La traía en la mano y me la dio – dijo la niña mirando la pelota con los ojos tristes.
- Devuélvemela. Es mía y si no regreso a casa con ella mis papás se enfadarán – dijo Tony estirando las manos.
- Pero es que a mi perro le gusta.
- Por favor, me ganaré un lío.
- Bueno. Está bien... papá siempre me enseñó que no debo tomar las cosas que no me pertenecen.
La niña se aproximó hasta la reja con la pelota y la devolvió. Tony le dio las gracias y antes de irse le preguntó:
- Oye, ¿Cómo se llama tu perro? Es muy bonito.
- ¡Ah! Se llama Dan. Siempre jugamos por las tardes. A la hora que llego de la escuela me recibe dando brincos. A veces me acompaña cerca de mi cama. Converso con él y entiende lo que le digo. Es mi mejor amigo.
- Bueno... adiós y gracias por darme mi pelota.
- Adiós – dijo la niña.
Tony emprendió el camino a casa, pensando en la niña y en lo que le había dicho de su perro.
Cuando su mamá le abrió la puerta, lo mandó a bañarse porque estaba irreconocible. Pasó por el comedor y la mesa estaba servida. En ella estaban sentados su papá y Toño, su hermano menor. Después de media hora, Tony salió de la ducha, se cambió y fue a sentarse a la mesa.
Comían con toda normalidad cuando Tony tomó la palabra.
- Ya sé lo que quiero como regalo para mañana.
- ¿Qué es lo que deseas? – le dijo su papá acariciándole el cabello.
- Un perro – contestó Tony.
- ¿Un perro? – dijo su padre. Tenía los ojos muy abiertos.
- Sí. Cuando venía hacia aquí vi a una niña que jugaba con su perro. Se veía muy feliz. Yo quiero una mascota.
- ¡Definitivamente no! – dijo intempestivamente la madre de Tony – La casa es muy chica, no hay espacio para tener animales.
- Ya veremos, hijo... ya veremos. Mañana tendrás de todas maneras un regalo. Te lo prometo – dijo el padre.

Al otro día Tony fue al colegio, pero deseaba que las horas transcurrieran rápido para ir a su casa y descubrir su regalo. Al sonar el timbre que anunciaba la salida, Tony fue el primero en pararse tras la puerta del colegio. Abrieron la puerta y Tony emprendió la carrera. Fue a su casa y le preguntó a su madre por su regalo.
- Tú padre ya viene con el- le dijo ella.
Por otro lado, el padre de Tony, de tanto trabajar en su oficina, olvidó pasar por alguna tienda para comprarle un obsequio a su hijo. Al llegar a su casa, lo primero que vio fue a Tony sentado en el mueble central de la sala con los brazos cruzados y moviendo los pies. Se acordó del regalo prometido.
- ¡Hola papá! – dijo Tony, quien fue a abrazarlo.
- ¡Hola! ¡Feliz cumpleaños! ¿Qué tal la escuela? – dijo su padre.
- Bien... ¿Y mi regalo?¿Es una mascota? ¿Un perrito? – preguntó Tony.
Su padre se vio sin salida. No podía decirle que se había olvidado el obsequio. Ante la emoción de su hijo se sintió muy mal. De pronto se le ocurrió una idea.
- ¡Oh, cierto, tu regalo! Pues vamos hacia él.
- ¿Voy a escoger mi mascota? ¡Gracias papá! – dijo Tony.
La mamá de Tony hizo un gesto de desaprobación.
- Sí, vamos. Sube al auto – dijo el padre.
Tony corrió hacia el auto. La madre sugirió que se llevaran a Toño porque iba a ordenar la casa para la celebración del cumpleaños.
Una vez en la carretera, Tony veía que los autos y los buses corrían a gran velocidad. Por momentos sólo observaba arenales y una que otra tienda. Pasaron por muchos puentes, hasta que Tony se sintió aburrido. En el asiento de atrás Toño dormía.
- ¿Papá, tan lejos vamos? – preguntó Tony.
- ¿Acaso no quieres tu mascota? – dijo él.
- ¡Sí!. ¿Le compraremos una casita?
- Exactamente no. La podrás tener en tu mano sin problemas.
- ¿Tan pequeña va ser?
- Pues sí. Cabe en esta caja – dijo el padre, mostrándole una caja que había sacado del bolsillo de su casaca.
- ¡No! Yo quiero más grande. – dijo Tony. Estaba enojado.
No quiso hablarle a su padre en adelante. Quería regresar a casa pronto.
Luego de unas horas de viaje. El padre de Tony detuvo el auto.
- Tony, agarra a tu hermano de la mano y sígueme – dijo el padre.
Tony despertó a Toño y obedeció.
Comenzaron a caminar por un arenal. Luego subieron por unas piedras. Tony estaba más molesto que antes, porque encima de que no le iban a dar lo que él quería, lo hacían andar. Descansaron en una llanura unos minutos.
- Papá, ¿A dónde vamos? – preguntó Tony.
- Sígueme, falta poco – contestó su padre.
Siguieron caminando. Tony caminaba con su hermano un poco alejado de su padre. De pronto vieron que su padre estaba de pie en lo alto del cerro. Cuando Tony y Toño le dieron el alcance, estaban confundidos. Tony le preguntó:
- ¿Qué hacemos aquí?
- Solo mira – dijo su padre señalando una pampa inmensa.
Tony le hizo caso. Miró hacia donde apuntaba el dedo de su padre. Tony no podía creer lo que veía. Al fondo de la pampa, había un semicírculo de cerros.
- Tony, todos esos animales son tuyos ¡Feliz cumpleaños!– dijo el padre.
- ¿Dónde estamos? – preguntó Tony con la boca semiabierta.
- En el desierto de Nazca. Para ser precisos, en la Pampa de Jumana. Y esos dibu
jos que tú ves en la tierra son las Líneas de Nazca. Observa... ese es un mono, el de más allá es un caracol, el otro un pelicano, ese de allá un loro. Son tuyos, ¿Cuál quieres?
- Son muy hermosos. ¡Y grandes! Pero... ¿Los llevaremos? ¿Cómo? ¡Y en dónde! – dijo Tony.
- Te dije que aquí – El padre de Tony sacó la cajita de su casaca. Abrió la caja y de ella extrajo una cámara fotográfica – Tomaremos las fotos que gustes.
- ¡Gracias, papá! Eres el mejor. Pero ¿Quién ha hecho esos dibujos tan maravillosos?
- Los hombres de la cultura Nazca, quienes habitaron este lugar hace cientos de años. Los estudiosos todavía no se ponen de acuerdo sobre la finalidad de los dibujos. Algunos dicen que servían para observar el movimiento de los astros, otros aseguran que son dioses de sus clanes, y otros afirman que son formas físicas del zodiaco de la cultura Nazca. La matemática Maria Reiche dedicó gran parte de su vida en la investigación sobre estas líneas.
- Papá, y si los nazcas existieron hace muchísimos años, ¿Cómo es que las líneas no se han borrado? – preguntó Tony. Tenía de la mano a Toño, quien miraba la líneas de Nazca e imaginaba el tamaño del lápiz que se habría empleado para hacer los dibujos.
- Lo que sucede es que esta es la zona más seca del planeta. El aire caliente que hay aquí hace que el viento cambie de dirección. Es por eso que las líneas siguen intactas.
- ¡Eso no es cierto! ¡Mira esa! Está incompleta. Parece un lagarto, pero le falta una parte. El viento ha borrado esa figura.
- ¡Oh, no! No ha sido el viento! Hemos sido nosotros.
- ¿Nosotros? Si es la primera vez que venimos aquí.
- No, Tony, me refiero a nosotros, los hombres. Esa figura se cortó para construirse la carretera Panamericana Sur, por donde hemos venido.
- ¡Deberíamos de cuidar lo que es nuestro!
- Así es, hijo. Las Líneas de Nazca son de todos. La UNESCO, desde 1994, ha inscrito a las Líneas de Nazca como Patrimonio de la Humanidad.
El padre tomaba fotografías de las figuras que le indicaba Tony, quien estaba muy contento con la visita a las Líneas de Nazca; pensaba en enseñárselas a su madre y a sus compañeros de la escuela.
- Vámonos, ya es muy tarde y tú mamá nos espera para celebrar– dijo el padre de Tony cuando tenían una buena cantidad de fotos.
Tony asintió con la cabeza. Bajaron del mirador con cuidado. Entraron al auto y se dirigieron a casa. En el trayecto Tony miraba por la ventana. Entre sus manos tenía la cámara. Ahora eran suyos muchos animales. Se llevaba consigo a la garza, a la grulla, al cóndor, a la lagartija, a la llama y más. Y feliz por el regalo, Tony miró cariñosamente a su padre y le dijo:
- Te agradezco por las mascotas, papá.




sábado, 22 de agosto de 2009

Tristura

No hay más estrellas que las que dejes brillar
Tendrá el cielo tu color

Seru Giran – “Nos veremos otra vez”


Era poco más del mediodía cuando Alirio puso fin a sus rezos. Al abrir los ojos se dio cuenta de que Dinora, su madre, continuaba sentada en el sillón haciendo trazos sobre el cuadernillo. Sin decir una palabra, Alirio cerró La Biblia colocando el rosario entre sus páginas a modo de separador y se levantó de la mesa. Apretando el gran libro contra su pecho, caminó hacia el piano: ni el contacto de sus gruesos tacos con el parqué de la sala provocó la atención de la anciana. Alirio abrió La Biblia y la dejó sobre el piano, al pie del cofre de ébano. Encendió las dos velas misioneras dispuestas a los costados del cofre y observó no sin desdén cómo su madre destapaba una lata y removía los lápices de colores que la colmaban.

- ¿El blanco o el azul? ¿Cuál prefiere, mi niña? – dijo Dinora alegremente.
- No seré parte de tus garabatos – contestó Alirio agitando el fósforo para apagarlo.

Sin decidirse por uno de ellos, Dinora dejó la lata de los lápices y volvió al papel con una mirada pensativa. Luego retomó su trabajo con el lápiz del principio, deslizándolo diestramente por la hoja y acompañando su trayecto con la cabeza, cosa que era usual en ella cuando advertía que su imaginación comenzaba a excitar su alma.
Alirio, mientras tanto, y plantada con firmeza frente al piano, sostenía la cruz plateada del rosario en la palma de su mano, buscando verse en el centro de una burbuja de silencio. Si Dinora se hubiese percatado de la solemnidad de Alirio ante el altar no la hubiera molestado con el repentino despertar de su memoria, pero como en ese instante no existía en el mundo otra cosa más que no fuese ella y ese boceto, comenzó, igual que siempre, a deshojar libremente lo vivido.

- Benicio escogería el azul para estas rosas, ¿no? – Dinora se ocupaba minuciosamente en lo que parecía ser la curva de unos pétalos -. Son únicas y él, ¡sabe Dios cómo!, las consiguió en una oportunidad para mí. Tú todavía estabas chiquita, pero con un poco de suerte las debes haber visto en algún otro lugar. De repente en…
- …él te diría azul no por convicción, sino sólo para complacerte – interrumpió Alirio - . Y no, todas las que he visto han sido rojas o blancas. Las azules no han existido nunca, al menos de forma natural como las que te regaló mi papá. Para ser exactos, fueron lilas, las recuerdo bien en aquel florero - Alirio observó un florero gastado que se exhibía sobre un soporte de madera -, que de sucio y viejo ya no parece de cristal. Traeré uno de la parroquia, allí sobran.




- ¿No hueles? – preguntó Dinora.
- ¿Qué? – dijo su hija.
- El jarrón en el que las puso hasta ahora conserva el aroma.

Alirio no se molestó en efectuar ni siquiera un brevísimo examen al ambiente de la casa; por el contrario, desacreditó de inmediato lo dicho por Dinora con un movimiento pendular de cabeza, tratando de encontrar, seguidamente, la forma más eficaz de levantarle un muro a la historia, de frenar lo que fue, de roer, sin más, el tiempo, como si fuese posible detener el curso de los ríos con un cúmulo de piedras.

- ¿En esas fachas vas a dejar que te vea tu hijo?

Alirio había lanzado a la corriente la primera piedra.

- ¡Beny!... – el rostro de Dinora se encendió - …Beny no olvida nunca las vacaciones de medio año, cuando con la nochecita Benicio llegaba de la oficina y nos sacaba de la casa tal y como estábamos en ese momento. Recién en el taxi les preguntaba a ustedes por el circo o la feria a la que querían ir. ¡Ah! Esas noches no se calculaban gastos, aun sabiendo que al día siguiente faltaría la plata. ¡Beny! ¿Dónde está Beny?
- No debe demorar – dijo Alirio, decepcionada, hundiéndose ya la piedra en la corriente.
- ¡Caramba! ¡Qué andará haciendo con las pinturas allá abajo! ¡Y seguro que las tareas ni las ha mirado!– exclamó Dinora con las manos al aire y dejó el sillón para ir al segundo piso a cerciorarse de su sospecha en el cuarto de Beny.

Una vez sola, Alirio se quedó contemplando un instante el cuadernillo dejado en el cojín. Habían dos rosas dibujadas: una era de pétalos grandes y tallo arqueado, que parecía caer; la otra era más pequeña, pero daba la impresión de poseer un tallo fuerte. Después fue al segundo piso. Le inquietó el hecho de abandonar el cuadernillo en un lugar que empañaba el orden de la casa, pero urgía estar cerca de su madre para guiarla hasta su habitación, decirle que era sábado, hacer que tome el atuendo debido y, con ello, también decirle, aunque sin palabras y sin ocultar su tedio, que el tiempo sólo podía ser uno solo y que hacía mucho que Beny no tenía tareas por resolver.
En efecto, su hijo menor aparecería en cualquier momento, entrando por la puerta de la casa y no, como imaginaba Dinora, saliendo del sótano dando de brincos por la escalera. Alto y endomingado, Beny descendería del auto trayendo algún obsequio. Esta vez no subiría del taller de Dinora y le ofrecería su último dibujo: las ovejas que cantan, el sol que asoma entre las montañas o la casa del bosque, siempre mal pintados y todavía húmedos por las témperas; Beny, sin dejar que se levante del sillón, le daría un beso en su cabeza limpia, elogiaría su vestido y le acercaría un juego de pinceles nuevos, frutas, paquetes de hojas o revistas con muchas fotografías. Alirio lo miraría desconfiada desde una esquina de la estancia, únicamente esperando la pequeña bolsa de papel con las medicinas. Conociendo aquel gesto desde hacía varios años, Beny le entregaría de inmediato la bolsa, para luego dirigirse al altar del piano, tocar el cofre con ambas manos y no decir nada.
Alrededor de la mesa almorzarían los tres, como todos los sábados desde que Beny se casó. Alirio se mantendría callada, absorta, haciendo remolinos en la sopa o llevándose la cuchara a la boca con desgano, mientras que Beny y su madre conversarían sin dejarse importunar por el silencio vecino. Él le preguntaría por un futuro cuadro y ella le contaría sobre sus bocetos más recientes, sobre los que estropeó a voluntad, furiosamente, por no saber a dónde se le escaparon las musas o sobre aquellos que había realizado pensando en él o en Alirio, hasta ir aproximándose, poco a poco, y sin que haya un plan de por medio, a los días en que vivía Benicio.

***





Con Beny en la casa la tarde sólo podía ser interminable para Alirio. Y aquel sábado no fue la excepción.
Beny había llegado a la hora convenida, trayendo consigo la bolsa de papel habitual, además de una bolsa plástica negra a la que Alirio no le prestó mucha atención. En realidad, a ella le bastó ese día con ver la bolsa de papel para dar media vuelta e ir al comedor a revisar de que todo estuviera listo; poco o nada le importó si esa otra bolsa era propiedad de su hermano o si se trataba de un nuevo regalo para Dinora.
Se sentaron a la mesa como de costumbre, pero el almuerzo acabó para Alirio al divisar, como si de una isla negra se tratara, el recuento familiar. A manera de escape levantó su plato y fue a la cocina diciendo que se había olvidado algo. Abrió cajones, acomodó cubiertos, buscó no se sabe qué en la despensa, todo con tal de fingirse atareada. Lo cierto era que no quería volver al comedor hasta haber terminado con su plato allí.
Al regresar se percató de que su hermano y su madre habían decidido continuar con la charla en el sofá. Y Alirio únicamente pensó, en nombre de la sanidad mental de su madre y, en el fondo, de la suya propia, en la descarga de su próxima piedra.
Bajo un cuadro del Corazón de Jesús que llevaba en una de sus esquinas la fotografía de Benicio, madre e hijo se descubrían mutuamente los retazos que conservaban del ayer, los que habían rescatado del olvido durante la semana, ensamblando las partes amorosamente, una calle con un nombre, el piano y una canción…
Si, por un lado, a Alirio le alarmaba la perturbación que en el espíritu de Dinora significaba la presencia de su hermano, por el otro tomaba su visita como una oportunidad para el reposo, la ocasión idónea para desligarse de los cuidados diarios, de las moralejas bíblicas que no encontraban oyente en su madre y que la hacían pensar en lo trivial de sus lecciones y, en general, descansar de todos los malos ratos que le causaba la anciana. Es así que la tarde del sábado podía dedicarla a seleccionar pacientemente las lecturas a compartir en la misa del día siguiente, además de practicar algún cántico de alabanza o, si se sentía muy sola y la vida rutinaria le sabía a cima del Gólgota, recurrir a Benicio por el único camino que aseguraba ser el correcto para llegar a él: las manos muy juntas delante del susurro de una oración aprendida.
A pesar de disponer de tiempo para sí misma, es justo decir que ese sábado Alirio se dedicó sólo al cántico, porque de cuando en cuando cruzó la sala con dirección a la ventana, a la vitrina del comedor o a la cocina para averiguar, muy disimuladamente, por el estado en el que se hallaba la conversación sobre su padre. Sin embargo, la complicidad de los tertulianos terminó por hacerla caer en la cuenta de que en vano esperaba ella el final de ese asunto: el garbo de Benicio en la ceremonia de Primera Comunión de Alirio, el ligero fracaso de la pareja al conocer que para su hija el piano era un mero mueble que nada más servía para dejar llaves, exhibir portarretratos, calendarios, copas con jemas o cualquier chuchería; el deseo de Benicio de no ser arrojado a un cementerio cuando muriera, las navidades… Dinora hablaba con el aplomo de quien conoce una ruta de viaje, y si en ocasiones le era imposible recordar los detalles de lo acontecido, las sensaciones, por más mínimos que hayan sido los hechos, eran imborrables y, por eso mismo, precisas de decir.
Dadas las circunstancias, Alirio optó por salir a caminar antes que seguir escuchándolos. Calculó que con un paseo al parque o yendo a la casa parroquial podría curar sus molestias. Pero antes de que se marchara, quiso asegurarse de que a su regreso no se toparía con Beny y Dinora hablando de lo mismo, por lo que resolvió soltar su segunda piedra, diríase que la mejor, la que al menos era infalible adormeciendo las aguas del río por unas horas. Así que se dejó ver nuevamente, esta vez rumbo a la cocina. Unos minutos después, con la bolsa de papel en una mano y una taza en la otra, Alirio irrumpió en la sala, y dejando a Beny con las palabras colgándole de la boca, miró a Dinora y le dijo: “tus pastillas”. Hasta donde tenía entendido Beny, su madre recibía sus medicinas al acostarse, resultándole bastante inusual la situación. Sin importarle el desconcierto de su hermano, Alirio le extendió la bolsa, colocó la taza sobre la mesita de centro y salió a la calle.

***





Para cuando dieron las seis y media, la ventana de la casa enmarcaba un cielo rendido a la noche.
Entretanto, Alirio retornaba a su hogar andando en paz por la vereda. Y no era para menos, ya que en la casa parroquial había cantado junto al coro, purificándose con cada palabra entonada. Asimismo, y ha pedido del padre Mateo, quien la admiraba por su fe intachable y su impecable vocación de servicio, había limpiado la escultura en cerámica de una Virgen María que cargaba a su hijo, reciente regalo que un reconocido artista italiano había hecho a la hermandad por su aniversario de fundación. A Alirio no le preocupó la altura a la que se encontraba el pedestal, ni mucho menos que, para realizar dicha labor, sólo se contaba con una escalera enclenque y apolillada. Honradísima, la recibió y trepó.
Quienes la vieron no dudaron de que todo fuera bien. Alirio se esmeraba sacando el polvo provista de una franela y soplaba con fuerza en los ángulos y pliegues a los que esta no podía ingresar. Del mismo modo, alisaba la túnica de seda del niño con sus propias manos y a ratos bruñía su aureola metálica con la manga de su blusa.
Ante tal prueba de fervor, ¿Creerían después los testigos de su trabajo, y el propio padre Mateo, que lo que pasó con la Virgen habría sido culpa de la devota? …Porque sí, algo pasó, y fue que al estar cara a cara con la sagrada figura, Alirio se imaginó por un minuto ser una santa y que el ascenso hasta el pedestal se había dado gracias a su disposición divina y no al uso de la escalera vieja, distracción que trajo como consecuencia que la franela se quedara enganchada en la mano que sostenía al niño y al forzar sacarla se desprendieran dos dedos de la Virgen.
Lo sucedido primero la impresionó hondamente, pero enseguida pasó a describirlo como “un accidente insignificante”; frotó la franela en la parte amputada para quitar los restos de pintura y bajó de la escalera con tranquilidad, pues, para Alirio, la Virgen del pedestal, con o sin dedos, seguía siendo la madre del Redentor.
De aquello apenas recordaba Alirio cuando abrió la puerta de su casa y se encontró con la sala prácticamente en penumbras. Se introdujo a tientas, deslizando una mano por la pared en búsqueda del interruptor. La luz ámbar de los postes de la calle entraba por la ventana y permitía que se distinguieran algunas siluetas; las velas del piano sólo lograban alumbrar tenuemente la Biblia y el cofre de ébano. Avanzó unos pasos por la estancia sin alejarse de la pared. Dejaba escuchar sus tacos gruesos, pero se paralizó ante el indicio de una respiración. Cuando ubicó el interruptor, no hubo duda en pulsarlo de inmediato.

- ¡Apaga, que duerme! – dijo Beny, quien abrazaba a Dinora en el sofá. Cubrió los ojos de ella con la mano izquierda, al tiempo que se restregaba los suyos con la derecha. Entre ambos estaba la bolsa de plástico negra.
- ¡Ay! ¿Aún aquí tú? – dijo Alirio, sobresaltada.
- No la iba a dejar sola. El sueño me estaba…
- ¡Qué maravilla! – Alirio puso las llaves sobre el piano y comenzó a aplaudir-. El señor finalmente se acordó en serio de su mami.
- Habla bajo y apaga. No comiences con…
- ¡Apagar! ¿Para qué? Me he podido caer.
- Por favor, mírala cómo duerme – dijo Beny.
- ¿Y tu ves cómo no la conoces ni siquiera en eso? – replicó Alirio instalándose en el mueble donde Dinora había abandonado su cuadernillo y la lata de los lápices. Luego miró la mesa de centro y tomó la bolsa de papel. Observó adentro y agregó:
- Las pastillas la hacen dormir profundamente. No hay nada que la despierte hasta que pase el efecto. Beny, Beny, Beny… ¿Qué sabes Beny? – Alirio movió la cabeza y arrugó la bolsa.
- Como vi que te…
- Dime, ¿Qué sabes? - la bolsa en sus manos se iba haciendo una pelota -. Deberías vivir aquí una semana si tu deseo de conocerla…
- ¡Ya, Alirio! – dijo Beny inclinándose levemente hacia delante – Nada les falta. La llevo a mi casa cuando puedo y…
- ¿Es suficiente? – preguntó Alirio - ¿Crees que así…?
- Paciencia – interrumpió Beny -. Tenle un poco de paciencia. Hay que quererla.

Alirio miró a Dinora y después a la pelota, a la que hacía girar con los dedos.

- Ya no me pidas paciencia, Beny.

El silencio transitó entre ambos por unos segundos, y Alirio, levantando la cabeza, continuó:

- Cansa verla andar por todas partes menos aquí y ahora, y no soporto que no hablemos de lo mismo. ¿sabías eso de mí?
- Sí – contestó Beny.
- Excelente. Ahora me dirás que su estado tampoco te es ajeno. Te doy la razón, con la salvedad de que tú lo vives a veces; yo todos los días del año, a todas horas. ¡Y me hablas de paciencia! La paciencia también se me ha acabado contigo, que cada vez que vienes tienes que hablarle de mi papá.
- A mí me gusta recordarlo – dijo él -. ¿Ignoras la felicidad que le causa a…?
- Sí, perfecto, pero sucede lo siguiente… ¡Dios! ¿Tengo que explicártelo como a un chiquillo?... – Alirio puso la pelota a un costado - …en el fondo es puro sufrir, y la pena la matará. Viene enloqueciendo, ¿no te das cuenta? Locura y muerte, si te fijas bien, es una redundancia entre estas cuatro paredes. Mi mamá, Beny, ha desaparecido para nosotros.
- Sabíamos que no superaría lo de mi papá – dijo Beny recogiendo un mechón de cabello que caía en la frente de Dinora - Ninguno lo ha hecho. Ahora, tampoco es una desquiciada. Es evidente que ha sufrido mucho, que la soledad le ha traído tristeza, pero ¿por eso pretendes negarle su pequeña fuente de dicha? ¿Callar el nombre de mi papá cuando para ella no ha quedado más que eso? Al comienzo pensaba como tú… creyendo que las lágrimas no cesarían; ahora, después de tantos años, la nostalgia es otra, como que se ha vuelto dulce.
- ¡Espera!... - dijo ella alzando la voz y mirando al vacío - Yo he sabido afrontar su muerte. Dios ha estado a mi lado siempre. ¡Bendito Dios, del que viene todo consuelo! ¡Él se compadece de los afligidos!...

Beny retiró su brazo del hombro de Dinora, le recostó su cabeza suavemente en el respaldar del sofá y se volteó hacia Alirio para mostrarle la palma de sus manos en señal de calma, señal a la que ella no hizo caso por juzgar necesario continuar la defensa de su dignidad:

- …Son ustedes los que no sanan y por eso a mi papá no lo dejan descansar en paz. ¿Y por qué? Porque se han resistido a la palabra de Nuestro Señor. Tú al menos con tus hijos y tu trabajo has olvidado en algo tu dolor, aunque sigues lejos del camino y la verdad. Sin embargo, ella está en la casa todo el tiempo, o bien en el sótano o arriba, apartándose día a día de la oportunidad de encontrar sosiego por ese afán de estar dibujando, de andar descarriada…
- ¿Tanto te disgusta que se distraiga con sus pinturas? Nada te hacen – dijo Beny.
- El sótano es un muladar. Anda mira… ya no he querido entrar. Y yo no estaría tan segura de que sus cuadros la entretengan, más bien la aturden. A veces se ve ida, como sonámbula. Estos últimos días ha pasado horas en ese taller. El verdadero refugio es la palabra de Dios, no unos cuadros. Haz algo pronto que viene…
- ¡No es una loca! – dijo Beny, exacerbado.
- ¡Proverbios doce once! - dijo Alirio apuntando con el índice hacia el altar del piano -, ¡El que cultiva su tierra se hartará de pan, el que persigue ilusiones es un insensato!
- ¿Qué dices?
- Lo que oyes… - Alirio agarró el cuadernillo de Dinora y lo sacudió en el aire - ¿Acaso unos cuantos garabatos podrán quitar el pesar de nuestra existencia como lo hace la oración?
- ¿Por qué no? – preguntó Beny.
- ¡Blasfemas! – gritó Alirio, irguiéndose de la ira.

La conversación se había enrumbado por un sendero que Beny hubiese preferido evitar. Consciente de que los ánimos podían acalorarse aún más, se puso de pie sin vacilación. Se aproximó al cofre de ébano y se santiguó. Alirio pareció no comprender lo que sucedía.

- ¿Te vas? – preguntó.
- Ha sido suficiente, ¿no crees? – replicó él caminando hacia Dinora para despedirse con un beso. Después de dárselo añadió con seriedad:
- Ah… me dijo que, si se quedaba dormida, estés atenta a la puerta porque mi papá llamó diciendo que las llaves se las había olvidado en la oficina.
- ¿Quieres que me extrañe? – dijo Alirio –. Antes de que llegaras pensaba que jugabas en el taller y que la casa aún olía a las flores que mi papá alguna vez le dio… ¿Qué más hablaron?
- ¿De verdad te interesa? – dijo Beny algo asombrado.
- Prevengo, nada más – respondió ella -. No quiero que sus ocurrencias me tomen por sorpresa.
- Bueno…- Beny cruzó los brazos y enmudeció para evocar la tarde - …mi mamá recordaba hoy que a mi papá le agradaban las estrellas…

Alirio asintió con un “sí” que él no alcanzó a oír.

- … y dijo que todas se fueron con él cuando murió.
- ¡pues qué bueno Dios al regalarnos otras! – dijo Alirio con la cara hacia la ventana: el cielo resplandecía -. ¿Qué más? – insistió ella.
- Por ahí que me habló de las historias que le lees y también de las posibilidades de vida que tienen los muertos…
- ¡Qué absurdo! – dijo Alirio soltando el cuadernillo sobre el cojín.
- ¿Qué es absurdo?
- ¡Bah!, no importa.






Beny miró su reloj y se apuró en ir a la puerta:

- Ahora sí… me voy.
- ¡Tu bolsa!– dijo Alirio señalando la bolsa de plástico.
- Es para ella. Me lo encargó la semana pasada. La guardas. – indicó él.

Cogió la manija de la puerta, le dio vuelta y se marchó. Alirio se dirigió directamente a la bolsa de plástico y le echó una mirada a su interior. Al ver que sólo contenía cartuchos de pintura acrílica, pomos de alcohol y latas de acero, le hizo un nudo con las asas y caminó con ella hacia el sótano. Descendió por las escaleras, empujó la puerta del taller y arrojó la bolsa a ciegas.

***

El sábado siguiente Alirio elevó su oración de mediodía en favor de la vida de Dinora. A los ojos de ella la salud de su madre se había agravado enormemente durante la semana, por lo que esperaba impaciente a Beny para comunicárselo. Luego de acomodar la Biblia en el altar, se sentó en el sofá en el que Dinora solía recibir a su hijo.
Cuando él llegó a la casa, le extrañó que su hermana estuviera allí.

- ¿Mi mamá? – preguntó. La bolsa de papel pendía de una de sus manos.
- Hola Alirio al menos ¿no? – dijo ella con tono de reproche - ¿De cuándo acá los matrimonios y la vida en familia restan la educación de la gente?
- Hola. Discúlpame, pero como no vi a…
- Olvídalo. Tenemos que hablar.
- ¿Qué pasa? – Beny se mostró preocupado.
- Dame esa bolsa. Siéntate – dijo Alirio señalándole el mueble de enfrente.

Beny obedeció. Alirio vio las pastillas de la bolsa e hizo una mueca de descontento.

- Tienes que comprar más – dijo ella.
- ¿Pero qué es lo que sucede? – preguntó enfáticamente Beny.
- ¿Qué pasa? Casi nada, sólo lo que te vengo advirtiendo y tú ni caso.
- ¿A qué te refieres?
- A que está perdiendo el juicio. Desde el lunes no sale del taller más que para comer y dormir. Hoy se despertó temprano y se metió allá abajo. Creo que las pastillas no están funcionando como debe ser. O le damos más o la llevamos al médico…

De pronto el ruido de una lata que al parecer era usada para batir algo invadió la estancia.

- ¿Escuchaste?... – dijo Alirio – Todavía anda en el sótano. No sé cuántas veces le he repetido que salga.

En el fondo Beny comenzaba a evaluar el diagnóstico de su hermana. Se preguntaba si la afición de Dinora hacia la pintura efectivamente estaría acrecentándose en perjuicio de su salud, pero antes que arribar a una respuesta concluyente, como ya lo había hecho Alirio, procuraba mantenerse anclado en la pregunta absoluta.

- ¡Mamá! – gritó Beny –, ¿Por qué no vienes aquí?
Dinora no respondió. Beny se puso de pie y se acercó a las escaleras.

- ¿Mamá? – insistió.
- Hijo, ¿eres tú? – dijo Dinora.
- Sí, ¿Qué haces?
- Nada. ¿Has venido solo? Porque tu papá me dijo que pasaría por ti a la universidad. ¿Y tu hermana?

Alirio esperó la mirada de resignación de Beny, aquella que le cedería la verdad indiscutiblemente, mas él habló sin inmutarse:

- Está conmigo.

Unos segundos después Dinora salió del sótano. Vestía la bata que usaba de pijama, la cual presentaba algunas manchas de pintura. La palidez de su rostro dejaba en claro que sus horas de descanso habían disminuido.

- ¡Ave María¡ ¡Por fin!- dijo Alirio al verla en la estancia- Vamos para que te cambies de ropa.
- Estoy bien. En la noche me cambio, porque hoy… hoy saldré – dijo Dinora.

Para Alirio una cosa era dar oídos al monótono discurso de la anciana diariamente, pero tolerar que se llevara a la práctica “gigantesco disparate” - así lo catalogaría ella– era algo tremendamente distinto. Fue por eso que Alirio se quedó atónita ante tal afirmación de su madre, y en ese instante le hubiese preguntado con quién, a dónde y para qué saldría si no fuera por que Beny, a escondidas de Dinora, volvió a mostrarle la palma de sus manos. Con ello se convenció de que armar una discusión al respecto hubiese sido en balde. Así que respiró, se levantó del sofá y dijo:

- Bueno, ¿Pasamos de una vez a la mesa?
- Sí – contestó Beny tomando del antebrazo a su mamá.

La comida estaba preparada y aguardaba en las ollas a ser servida. Beny podía olerla, al tiempo que valoraba el compromiso de su hermana para con los quehaceres de la casa.

- Yo no deseo comer – dijo Dinora de repente y como si hablara para sí misma.
- ¿Cómo? – dijo Alirio sin dar crédito a lo que oía.
- Que no quiero comer – reiteró Dinora. Luego miró a su hijo. - Más bien, quería que tú…
- No, no, no – dijo Alirio moviendo rápidamente sus índices a modo de parabrisas –. ¡Y vas a comer! – agregó ella fuera de sí.
- No tengo hambre – explicó Dinora.

Alirio miró a Beny como empujándolo a que haga algo.

- Mamá, tienes que comer, ¿o es que no quieres almorzar con nosotros? – dijo él pausadamente.
- Después… ven, ven… - dijo Dinora yendo hacia las escaleras del sótano.





Beny accedió. Lo hizo no sin titubear, ya que su hermana se mostraba furiosa. Alirio presumía que él iba ser flexible ante esa situación. Aparte de esto, tomaba como un grosero desplante el que la dejaran con la comida lista, y más aún por consentir lo que ella tildaba de capricho.
Dinora bajó primero las escaleras, en tanto que Beny todavía se detuvo un momento para indicarle a su hermana, con el cuidado de quien va a poner la última carta de un castillo de naipes, que le alcanzara luego el plato de Dinora porque él la convencería de que comiera.

- No, yo no bajaré. El comedor es para desayunar, almorzar y cenar, y si quieren, suben – dijo Alirio. Beny comprendió su fastidio y en silencio siguió a la anciana.

Desde la sala desierta, Alirio pudo oír la puerta del sótano cerrándose. Más allá de la irritación que le produjo el hecho de que Dinora y Beny no le hicieran caso, estuvo orgullosa por el nerviosismo que su posición causó en él, por el mutismo que vino después, pero principalmente por haber cumplido con reaccionar enérgicamente ante una evidente trasgresión del orden, el orden que, reflexionándolo severamente, ella consideraba elemental, en el nivel que sea, para la armonía que Dios quería en el mundo. Con el pecho hinchado de satisfacción al comprobarse a sí misma el tener muy presente el proyecto de su Señor, fue a la cocina y se sirvió el almuerzo. Salió con el plato que echaba humo y se sentó a la mesa.
Alirio avizoraba un sábado fuera de lo común. Estaba almorzando sola, sin Dinora, sin Beny, y sin ellos, también sin Benicio. La novedad la hacía comer despacio, saboreando la feliz idea de que, después de tantos años, a esa hora su padre al fin descansaba eternamente. Quizá madre e hijo, entre lienzos y paletas, estarían en ese instante turbando el regocijo de Benicio en el cielo, pero Alirio ahuyentaba lo más pronto posible este pensamiento al temer que, de asentarse en su cabeza, se esfumara la serenidad que la rodeaba para ir ávida, con otra de sus piedras, al sótano, que era a donde menos deseaba entrar por el desorden que imperaría allí y, sobretodo, por concebirlo como el abismo culpable del ocaso de la lucidez de la anciana.
Cuando terminó de almorzar creyó conveniente limpiar un poco la casa. Prácticamente la tenía a su total disposición con Beny y Dinora fuera de su vista. Por otra parte, había estado tan al pendiente de las acciones de Dinora los días anteriores, que había relegado a un segundo plano lo que siempre priorizó con respecto a ella: su pulcritud, condición primordial en una casa que a la larga era también la morada del Altísimo si quien la habitaba era una de sus siervas.
Se tomaría toda la tarde en la empresa. En las habitaciones sacudió las sábanas y le cambió de fundas a las almohadas. Igualmente, de las repisas clavadas sobre las camas fueron desplazados los santitos deteriorados por otros nuevos. Barrió tanto el corredor como las escaleras. El piso de la sala lo enceró hasta verse reflejado en él su buen ánimo. Quitó las telarañas tendidas detrás del cuadro del Corazón de Jesús; las de las paredes fueron arrasadas por la escoba. Desempolvó el teclado del piano dándole de golpes con un trapo grueso. Los portarretratos, las copas con jemas y los demás objetos variaron de posición; el cofre de ébano, inamovible, fue limpiado delicadamente con su pañuelo personal y las consumidas velas que lo resguardaban, echadas a la basura para dar lugar a unas enteras. Una vez que estuvieron encendidas las velas nuevas, Alirio se puso el rosario al cuello, volteó algunas páginas de La Biblia y al cofre le dio un beso como aquel que se le deja a un niño después de cobijarlo y decirle “buenas noches”.
Al anochecer, Alirio estaba pasándole un periódico mojado a los cristales de la ventana. Era lo último que le faltaba por hacer. Como comenzaba a sentirse rendida de la jornada, desplazaba el papel sin ejercer mucha presión sobre el vidrio, oyéndose un leve rechinido a cada movimiento. Para esa hora, en la mente de Alirio se habían disipado las caras de su hermano y su madre, no sólo por la placidez que la embargaba, sino porque ellos no habían emitido sonido alguno que sugiriera su presencia en la casa. Concentrada en hacer relucir las lunas, Alirio disfrutaba de su soledad.
Recién cuando escuchó el crujido de la puerta del sótano abriéndose, pensó en que ni Beny ni Dinora habían salido de allí. Asumió que no lo habían echo por andar coloreando o simplemente conversando, lo que a juicio de Alirio igual no justificaba el que se hayan quedado sin comer. Por la escalera, se oían pasos lentos y pesados.
Quien apareció primero en la estancia fue Dinora. Alirio volteó y la miró sin dedicarle más tiempo que el debido para identificarla. En silencio continuó fregando la ventana. Al percibir que los pies de Beny se habían plantado ya en la sala, Alirio dijo sin volverse:

- Mucho cuidado con ensuciar. Como ven, la casa está como nueva… Caliéntese la comida si tienen hambre. Es increíble, Beny, que tengas a mi mamá con el estómago vacío hasta esta hora… mejor anda por pan para que tomen lonche, pero calienten bien la leche porque la noche está fría, yo ya termino… y a ti, ¿qué bicho te ha picado que con este son dos sábados que te quedas hasta tarde? Mis oraciones algo están haciendo por ti y me alegro...

Hablaba sin reparar en que Beny atravesaba la sala.

- ¿Vieron el cofre? Más limpio no podría estar. Creo que mañana se lo llevaré al padre Mateo para que después de misa le eche su bendición. A ver, Beny, si mañana puedes hacer un esfuerzo y me ayudas a llevar a mi mamá también… Eh ¿En tu billetera, por si acaso, no tendrás la foto de mi papá? Mira la del Corazón de Jesús, está fea.

Alirio sintió que su hermano estaba muy cerca de ella y, por eso, volteó. Observó boquiabierta que Beny cruzaba la sala cargando un cuadro relativamente grande. Caminaba hacia la pared adyacente a la ventana, que hubiese estado totalmente vacía si no fuera por el par de clavos que sobresalían de su superficie, los que antes, en tiempos de Benicio, sirvieron para que Dinora colgara algunos adornos. La anciana, mientras tanto, continuaba junto a la escalera mirando a su hijo. Él, ajeno a la mueca de sorpresa de Alirio, se sacó uno de sus zapatos, apoyó el pie en el mueble y levantó el cuadro hasta alcanzar los clavos.

- ¿Qué es lo que haces? – preguntó Alirio con los ojos desorbitados, pues las pinturas de su madre nunca habían salido del taller desde que murió Benicio.
- Lo hizo ella – respondió Beny tratando de insertar los clavos dentro de los sujetadores del cuadro. Una vez establecido en la pared, podía notarse que el cuadro estaba a la misma altura del Corazón de Jesús que se lucía en la pared del frente.
- Sí, ya lo sé, pero qué hace aquí.

Beny no le contestó. Se puso su zapato y, sin dejar de ver la pintura, retrocedió al encuentro de Dinora, a quien abrazó suavemente. Alirio farfulló algo que no se logró a entender y retornó a la limpieza de la ventana. En ese instante Dinora se aproximó al cuadro y lo tocó con su mano derecha, acto que su hija miraría de reojo y con acentuado menosprecio.
Por la ventana ya libre de impurezas se dejaba ver una noche limpia. Fue entonces cuando Alirio quiso ir a su habitación por otro periódico para secar los vidrios y, con ello, dar por concluido su trabajo.
Conforme se iba apartando de la ventana, a Alirio le afloraba una terrible curiosidad por apreciar la pintura. Al cruzar delante de su hermano se dio cuenta de que él la veía atentamente, por lo que, doblegándose a sí misma, también miró.
El cuadro presentaba los mismos dibujos que Alirio observaría en el cuadernillo de Dinora hacía dos semanas atrás. Ahí estaban las rosas, ahora pintadas de azul en medio de una mezcla compulsiva de colores; sólo de un lado del cuadro provenía un brillo definidamente crepuscular. Sus formas seguían siendo las mismas a las del cuadernillo, con la particularidad de que ahora las rosas se encontraban más juntas, determinando, de esta manera, que la grande ensombreciera ligeramente a la pequeña.
Complacidas sus ansias, Alirio miró con indiferencia el cuadro y se dispuso a seguir su marcha hacia el segundo piso. Sin embargo, repararía en que su madre se había sentado en el sillón y, desde allí, con el cuerpo de lado, contemplaba su obra. Pudo precisar que en su rostro se anudaban la circunspección y la simpatía. En su bata habían unas manchas irreconocibles, como si le hubiese caído agua u otra sustancia similar, que en la tarde no notaría; sus manos con pintura en los dedos y entre las uñas descansaban sobre el mueble.
Alirio le iba a decir que se lavara las manos cuando vio que en el sillón había unos puntos blancos. Recordó que los cojines los había limpiado no hacía mucho, por lo que le pareció raro verlos nuevamente sucios. Se encaminó hacia el sillón pensando en que el techo de la casa se estaría descascarando por efecto de la humedad. Extrañamente, a medida que se aproximaba, los puntos se iban tornando de un color grisáceo. Ya junto a Dinora, se agachó para inspeccionar más de cerca. Sin dificultad, retiró los puntos de un manotazo. Después se incorporó y miró el techo, el cual estaba intacto. Cuando bajó la mirada advirtió que los puntos que había quitado de los cojines también se hallaban, si bien en menor cantidad, zigzagueantes sobre el respaldar del sillón. Al seguir su trayecto con los ojos, Alirio confirmó su sospecha: provenían de la pintura de Dinora.

- Lo primero que les digo y lo primero que hacen. ¿Cómo quieren que les hable? La próxima limpiarán ustedes, yo no soy su empleada... ¿Por qué traen estas cosas del demonio a la sala? – dijo Alirio enfadada y propinándole un manotazo al tapizado del respaldar.

Con el golpe se le impregnaron en la palma algunos puntos. Al intentar despegarlos con la otra mano, se dio cuenta de que se deshacían al simple contacto con los dedos.
Alirio, aturdida, orientó su mirada hacia el cuadro. A esa distancia de la pintura le fue sencillo descubrir que la rosa de los pétalos grandes tenía un color más intenso que la rosa pequeña y los demás colores. Alirio avanzó aún más para observarla con detalle, y pudo comprobar que de ella emanaba un fuerte olor a alcohol. Asoció de inmediato el olor con la bolsa negra que había traído Beny la semana anterior. Ese día no le llamarían la atención los pomos de alcohol en la bolsa porque, hasta donde sabía, el líquido era indispensable para la limpieza de los pinceles de Dinora. Jamás imaginó que el alcohol pudiera ser una sustancia - o el componente de una sustancia - que tuviera la propiedad de dar brillo a las cosas.
Sumida en este pensamiento, Alirio se sintió impulsada a tocar la rosa. Al hacerlo, advirtió - para su sorpresa - que la figura resaltaba del cuadro; sus dedos palparon una corola abultada, y fueron rozándola hasta resbalar en su borde, donde comenzaba el espacio liso y las tonalidades.
Observó luego que en sus dedos se habían depositado las diminutas manchas grisáceas, convenciéndose, por la facilidad con la que volvió a deshacerlas, de que de ninguna manera serían restos de pintura.

- ¡Dios mío! – dijo Alirio. Horrorizada, con la mano abierta como si tuviese sangre, giró a ver a Dinora. La anciana le devolvió la mirada, pero Alirio sintió como si ella ya la hubiese estado mirando desde antes que volteara.

Sin perder el tiempo, Alirio corrió hasta el piano. Desesperadamente extendió su mano para alcanzar el cofre. En su intento, torció la Biblia y una de las velas misioneras cayó al suelo. Con su mano temblorosa destapó el cofre, hallándolo absolutamente vacío. En ese instante Alirio se encogió y se echó a llorar sobre el teclado, amargamente, con la cabeza hundida entre sus brazos.
Beny, con actitud reflexiva, lo veía todo desde su sitio junto a la escalera. El que Alirio llorara desconsoladamente en el piano era algo que no se lo esperaba. Y es que la idea de Dinora de emplear pegamento diluido en alcohol para cubrir la rosa y, con ello, darle brillo y asegurar su solidez sobre la tela, le parecía, aparte de un acierto estético, propicio para no dejar evidencias de lo que ella haría. Sin embargo, la emoción del proyecto, la visita de su hijo, el recuerdo incesante del marido, su presunto desequilibrio o su simple falta de técnica - quién lo sabría – hicieron que la sustancia preparada por la anciana no cumpliera del todo su función de barniz fijador, desprendiéndose del cuadro la pura e inmensa verdad.

- ¡Las estrellas! – dijo Dinora de repente contemplando la ventana.

A Beny la voz de Dinora le hizo recobrar el sentido de la realidad. Miró a la ventana y la exclamación de su madre le fue incomprensible, pues el cielo estaba desolado.

- Una… dos… tres… ¡Las estrellas! – volvió a decir la anciana.

En medio de su sollozo, Alirio se puso de pie y volteó hacia la ventana.

- ¡No hay nada! ¡No veo nada! – dijo ella. En seguida cogió fuertemente la cruz plateada de su rosario y gritó “¡Insensata!”.

Como si no hubiese oído a su hija, la anciana se levantó del sillón con parsimonia. Sobre su abdomen, su mano derecha era cubierta por la izquierda. Manteniendo esa posición caminó hacia el extremo de la sala donde se encontraba Beny. En el trayecto se topó con el cuadro del Corazón de Jesús: en el vidrio que protegía la imagen vio que se reflejaba la ventana estrellada. Dinora albergaba la certeza de que Benicio vendría pronto de la calle a recogerla, aunque ideaba también que ya estuviera arriba, en la habitación, frente al espejo, peinándose o acomodándose la camisa envuelto en una agradable fragancia. Como fuese, para ella lo importante residía en que esa noche, en el cielo, se concentraban un sinfín de estrellas.
Dinora fue hasta la escalera que daba al segundo piso; poco antes de que llegara, miró afectuosamente a Beny. Al fijar el pie en el primer peldaño, estrechó sus manos contra su pecho, y con la sensación de la rosa todavía en sus dedos, emprendió el ascenso en silencio y sin prisa, como si dentro del puño llevase un escapulario.

lunes, 17 de agosto de 2009

El maistro Quintín

2:00 p.m.
O lunes o martes, hasta sábado a veces. Suena el timbre. Abren las puertas de sus aulas, los alumnos salen a empujones y amenazándose groseramente, corren al comedor con sus tripas al borde de la desesperación. Se sientan en las mesas redondas, mientras que los profesores ocupan la mesa bastante cuadrada del fondo.
Los educadores dejan sus maletines en el suelo y ordenan con educación su ración de comida. El maistro Quintín llega tarde, el lugar repleto, las charolas de aquí para allá; así que no queda otra que sentarse en las mesa de los colegas, donde siempre tiene un lugar reservado.
Una vez servidos los platos, se da inicio al mismo diálogo de todo los días.

- ¿Qué le parece el programa curricular anual propuesto para el próximo año?
- …
- ¿Cómo está manejando sus indicadores?
- …
- En la jornada técnico – pedagógica pasada…
- …
- Fui a la capacitación, firmé y me fui: tenía plancito.
- …
- …Que debe buscar nuevas estrategias…
- …
- Profesores, a la salida nos quedamos para resolver la pérdida del lapicero rojo del alumno Fulano De Tal
- …

El maistro Quintín come y requetecome. Su corbata más ajustadísima que nunca.

- Los Caribeños de Guadalupe tocarán en el 7055 por el día del maestro ¿vao profe? De la pollada nos pasamos empiladazos con las malcriadas…
- …
- ¿Sus unidades y registros? El colegio no imprime, es su responsabilidad.
- …
- ¡Descuento!
- …
- Habría que homogenizar nuestros instrumentos de aprendizaje…
- …

En medio de esas voces surge una que va directamente hacia Quintín:

- ¿Y profe Mengano? ¿Se presenta al concurso de plazas? Usted es joven.

Era su coordinador, el amo y señor de la pedagogía. Magíster en el decomiso de mochilas a quienes no le cumplían con la tarea. Con estudios en técnicas para jalar orejas sin que el niño llore, además de llevar un taller creativo en Europa de cómo convertir cualquier objeto del aula en un instrumento de tortura. No cabía duda de que era un tipo preparadísimo para ejercer la profesión.

- No puedo. No soy profesor – contestó Quintín con la comida aún en la boca.
- ¿Que no?
- Yo he estudiado Literatura.
- ¡Claro, hombre! ¿En la Cantuta?
- No
- ¿En algún pedagógico?
- No
- ¿Entonces dónde estudió?
- En el CULP
- ¡Vaya! El Círculo Único de Literatos del Perú.
- Sí
- ¿Quién enseña diseño curricular allí? De repente es amigo mío.
- ¿Cómo?
- ¿Y Corrientes Pedagógicas Contemporáneas?
- ¿Ah?
- ¿En qué ciclo llevan antropología educativa?
- Yo he estudiado literatura.
- Pero por eso, profe Mengano, es usted un profesor.
- …
- ¿Profe Mengano?
- …
- ¿Profesor?
- …
- Sí, claro – dijo Quintín. Y sonó el timbre.

Pero si no hubiese sonado el timbre anunciando el regreso a las aulas, Quintín tampoco se hubiese molestado en explicar su profesión, en precisar detalles. ¡Qué flojera! Tampoco le habría dicho que no le gustaba lo de Profesor Mengano por considerarlo irreal, aunque también hubiese resultado inútil decirle que su verdadero nombre era Quintín. Ese no era el nombre de un profesor.
Quintín agregó a todo ello el hecho de que se acercaba fin de mes, razón suficiente para velar su identidad y no entrar en problemas ni debates con nadie en pos de un pago puntual y completo. Así que él, el maistro Quintín – como gustaba denominarse para ser justo consigo mismo -, subió al aula que le correspondía a esa hora, y recordando su curso de Camaleonogía I (asignatura elemental en el plan de estudios del CULP y la que, por lo general, nadie pasaba a la primera) saludó a sus alumnos con la careta de marzo a diciembre hasta las 4:00 p.m., la de profesor, profesor, el peor de todos.